Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.
(Gn. 1, 1-2)
creation

La Creación del hombre, Miguel Ángel.

Lo que acabas de leer es el principio del más cercano de los mitos que puedes conocer, el de la creación del mundo en la tradición judeo-cristiana. Es un mito. Pero cuidado, decir mito no tiene nada que ver con cuentos y leyendas. La naturaleza del mito, del griego mithos, -ou, es algo más profundo: el mito es el intento de un pueblo de explicarse a sí mismo su origen, su lugar y el sentido de su existencia en el Universo. Cuando el pueblo de Israel se cuenta de generación en generación el inicio del Génesis, no se está conservando una historia más o menos curiosa; lo que se cuentan es la explicación de su propio origen, el hecho que da razón de su propia existencia y que les dice cuál es el camino propio para llegar a ser lo que son.

El mito supone el primer intento del ser humano por situarse en el mundo, en un mundo al que pertenece y que le pertenece, al menos en la tradición judeo-cristiana que nos acompaña desde el principio del texto. El mito supone también un primer paso hacia ese fenómeno plenamente occidental que es la Filosofía. Porque los primeros filósofos, los ‘físicos’, pues se dedicaron al análisis de la naturaleza (en griego physis), no buscaban contrarrestar a los mitos, sino buscar una explicación más racional a lo que los mitos explican. Y no será tan extraño el mito, porque muchos autores en Filosofía han querido resucitar algo del carácter vital de los mitos: su función como ordenadores del mundo, su papel como dadores de sentido.

Aunque parezca imposible, a poco que nos paremos a pensar seguro que también en este tecnificado y tecnologizado mundo del siglo XXI encontramos, a poco que profundicemos, rasgos y elementos de ese mito. Nosotros, ciudadanos de este siglo, seguimos teniendo nuestros mitos. ¿Cuáles son los tuyos?

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