Una vez terminada la Semana Santa, quiero hacer algunas reflexiones que nos permitan entender estas celebraciones en un mundo que ya no es el mundo santo de la esfera religiosa.

Porque más allá del ‘placer estético’ del Cristo tal reflejando su sombra sobre las murallas, de la emoción de ver cómo unos costaleros pasan de rodillas por unas puertas más pequeñas que la figuras que portan, en definitiva, más allá de un simple emotivismo que no nos conduce a nada, celebrar la Semana Santa significa, para creyentes o ateos, la esperanza en que algún día, el dolor de los inocentes alcanzará su satisfacción, la esperanza de que el llanto de un niño hambriento y el dolor de una madre incapaz de alimentarle tendrá fin.

Celebrar la esperanza… y comprometerse con ella. Porque ese fin del dolor de los inocentes no va a venir como agua de Mayo, sino con el compromiso de cada uno de los seres humanos que no pueden permanecer ausentes de ese dolor, de cada uno de aquellos que no quieren ser meros espectadores de un mundo que nos destruye como hombres.

La experiencia más radical de los primeros creyentes, el impulso que subyace a toda experiencia religiosa auténtica, es esa esperanza y el compromiso que esa esperanza conlleva. Reducirlo todo a una experiencia personal más o menos satisfactoria, reducirlo a unos sentimientos que duran lo que dura esta Semana Mayor, es ridiculizar el sufrimiento de todos y cada uno de los hombres que, a lo largo de la Historia, han dado su vida para conseguirlo.

Como creyentes, nuestro fe nos impulsa a hacer lo que Él hizo, dar la vida por aquellos a los que ya no les queda esperanza, convertirnos es testigos de ella para que siga siendo posible un mundo mejor,como nos pide Pedro, nos recuerda Pablo y nos exige Santiago…

De nada van a servir nuestros alimentarios sacrificios, si es que los hacemos, cuando quienes nos rodean, siguen pidiendo de nosotros algo más que una lágrima…